Historia

El Archivo de la Catedral de Santiago tiene su más profundo origen en el enorme desarrollo que experimentó la institución compostelana en el tránsito de los siglos IX a XII, desde la inventio (descubrimiento) del sepulcro apostólico, cuando la sede de Iria es trasladada a Compostela por el pontífice Urbano II; un período en que el volumen de documentación no deja de aumentar.

Historia del Archivo-Biblioteca

En la Edad Media, los libros y documentos más relevantes formaban parte del Tesoro de la institución, junto con otros elementos valiosos, custodiados por el tesorero. Ya en el siglo XII, durante la prelatura de Diego Gelmírez, se desarrolla el primer gran proyecto archivístico, llevado a cabo por el tesorero Bernardo hacia 1127.

La sede metropolitana de Santiago debía organizar su documentación y consolidar las bases de su poder, además de trasladar a nuevos soportes documentos deteriorados o de difícil lectura, como los escritos en letra visigótica.

Como resultado, se recopila la documentación real catedralicia —concesiones y privilegios otorgados por los monarcas desde Alfonso II— en un único volumen: el Tumbo A, una destacada galería de miniaturas de reyes medievales hispanos. Este sería el primero de una serie de tumbos organizados por tipología de donantes, aunque el proyecto no llegó a completarse plenamente.

En el mismo siglo XII se redactan también la Historia Compostellana, centrada en la figura de Diego Gelmírez y con abundante documentación pontificia; el Liber Sancti Iacobi, que recoge la tradición jacobea (liturgia, milagros, rutas y relatos); y se reconstruye el privilegio del Voto de Santiago por el canónigo Pedro Marcio.

En el siglo XIV se desarrolla un segundo gran proyecto archivístico durante la prelatura de Berenguel de Landoira, dirigido por el tesorero Aymeric de Anteiac. Se reorganiza la documentación y se crean nuevos tumbos, como el Tumbo B y el Tumbo C.

En el siglo XV, gracias a las donaciones de Alonso Sánchez de Ávila y del arzobispo Álvaro de Isorna, se consolida la librería catedralicia, instalada en una torre del claustro en 1454. Esta reunía textos litúrgicos, bíblicos y jurídicos necesarios para la actividad del cabildo.

Durante el siglo XVI se regulan las funciones del personal encargado de la librería y del archivo mediante constituciones capitulares, estableciendo normas para la custodia, consulta y organización documental.

En la Edad Moderna, el crecimiento documental impulsa nuevas tareas de organización y varios traslados del archivo. Sin embargo, el interés por la biblioteca decrece hasta la Ilustración, momento en que se sientan las bases de la actual Biblioteca Capitular, gracias a importantes donaciones.

En el siglo XIX destacan episodios como la resistencia a la desamortización, el cierre temporal del archivo o el traslado de la biblioteca a la Universidad. Posteriormente, nuevas normativas regulan el funcionamiento del centro.

A lo largo de su historia, han destacado figuras como Antonio López Ferreiro, Pablo Pérez Costanti, José Guerra Campos o José María Díaz Fernández, este último impulsor de la apertura del archivo-biblioteca al público y de la creación de un centro de documentación jacobea.

Una historia que, con cada nuevo investigador, no hace sino crecer y perpetuar el conocimiento que se atesora entre sus muros.